Curandera :: Fruto del trabajo colectivo

Cocó Muro, abril 2013
Por Cocó Muro

Los domingos, el día que Dios decidió descansar después de crearlo todo (y ver que era bueno), fue el mismo que eligieron los futuro Nuez para celebrar sus reuniones. A esos espacios de intercambio en la casa de Guillermo Ueno – quien había sido su profesor en el taller de edición de fotografía – los llamaron ‘los Juan Domingo’, como “el primer trabajador”. (Demasiados significados que me provocan demasiados chistes fáciles que no se cómo ordenar. Nuez. ¿No Es? ‘No sos yo soy vos’. Basta. Salgamos del paréntesis, por favor)

No sabemos cuántos ‘Juan Domingo’ fueron necesarios pero pronto los suficientes para que los ocho integrantes de las tertulias (nueve si contamos a Ueno) se hicieran cargo de sus ganas de reconocerse como colectivo. Fue así que con la excusa de juntarse para hablar de fotografía y compartir intereses, aunque todos vengan de palos distintos, en julio de 2012 se convirtieron en lo que son ahora. Para sacar lo bueno de adentro, a la nuez hay que golpearla y así romper su cáscara, ellos lo explican mejor: “Debajo de estas capas de sentido, encontramos aquello que no es sólo bello sino también feo, no sólo bueno, sino también malvado, no sólo verdad sino también ilusión”.

La muestra que los Nuez inauguraron el sábado 13 de abril en Matienschön pretende volver visible esa manera de trabajar, como si la propia identidad del colectivo estuviese expuesta ahí, expresándose de la mejor manera posible: desde su propia concepción del hacer, desde el proceso desbordante. “En lo colectivo, algo se superpone y se pierde la forma. Ese yo anterior ya no existe porque se desarma, pero se expande”, aclaran. Es una identidad nueva.

La pared en el segundo piso de Matienschön recuerda a la de Sy, el personaje de Robin Williams en la película One Hour Photo. Las fotos de todos – de la A a la S, todos ellos son Mercedes Amuchástegui, Belén Charpentier, Gaspar Iwaniura, Matías Maroevic, Maximiliano Matayoshi, Belén Messina, Luján Montes, Paula Surraco – pegadas una al lado de la otra armando la foto colectiva en la que decenas de imágenes componen un retrato de ocho caras que se vuelven una. Sacando un promedio del total, la mayoría se trata de escenas cotidianas con caras despeinadas, la luz mortecina de una siesta de verano y la captura de un clima de extraña familiaridad.

También puede verse un collage que expone la ‘mesa de trabajo’ donde está lo que quedó afuera de la edición y una serie portarretratos apoyados en estantes – a modo de decoración en casa de familia – con los retratos de los que integran el colectivo. Ninguna de las fotos está firmada: todos son y nadie Nuez.

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