Página/12, suplemento SOY :: EL GRAN CEMENTAL

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6 de mayo de 2016

La jungla de cemento

¿Era una fiesta? ¿Era una disco? ¿Era el comienzo del teatro de acción o era un galpón con baños malolientes? Cemento, como su nombre lo adelantaba, era una potencia de fusión y de construcciones varias. No era un espacio gay, tampoco era hétero. No estaba esa disputa en juego, porque las ansias de redes y el respeto absoluto por la locura iban marcando un circuito que hoy algunos sintetizan como queer. En tiempos en que se piensa en prohibir fiestas y demonizar a los que participan en ellas, una historización de aquellos años, forma parte del control de daños.

CEMENTO MEZCLA
por Alejandro Ros

En ese momento ser gay era muy under. Pero a la vez los gays íbamos a Cemento no por lo gay sino por lo under. Era uno de los pocos lugares de libertad, recién estaba naciendo la escena, era un nicho de lo distinto y a la vez un espacio en el que todos éramos bienvenidos. Podías ir vestido de cualquier forma, la música era distinta, podías estar en bolas y nadie te iba a decir nada. Un día Daniel Nijensohn pasaba The Cure o The Smiths y luego tocaba la Mona Jiménez. Vendían choripanes. La lógica era la mezcla. Todavía no había un orgullo o una identidad gay como la de ahora, estábamos recién saliendo del ocultismo. Por eso no es que ibas por la pista y podías decir “este grupito es gay”, “éste es hetero”. No había una estética o una forma de vestir gay, a no ser por algunas excepciones como Batato o Noy, que tenían su presencia.
Yo iba todas las semanas. Ahí vi por primera vez a La Organización Negra, que para entonces era un secreto. Entrabas y unos chicos de negro se te tiraban encima, rompían tubos fluorescentes, tiraban carne podrida al piso. La reacción de la gente era de miedo. En esa época estaba estipulado que una disco era un lugar con espejos, sillones mullidos, decoración grasa sofisticada, “de nivel”. Cemento rompía con todo eso, era un galpón, un lugar duro, con asientos de concreto, un prisma construido dentro de un galpón enorme para aislar el sonido, una gran caja gris, sin decoración, muy industrial. Chabán había visto cómo eran los lugares en Berlín y de ahí trajo la idea. Los baños eran vomitivos. Se consumía alcohol, merca, ácido. No había éxtasis. El problema era que Chabán no te dejaba consumir nada adentro, él era antidrogas. Porque le podían clausurar el lugar pero también porque él estaba en contra. Tenía una locura tal que no necesitaba nada de eso. Había bastante levante, y yo que por esa época no era tan gay como ahora me di besos con varios. Aunque estábamos en el under el levante gay era todavía mas under. Si bien era un lugar de libertad, no era que entrabas ahí y los circuitos de la represión se disolvían mágicamente. De cualquier manera era un lugar donde no había ningún tipo de discriminación. Si tenías la suficiente locura, no importaba tu sexualidad.

Peinados raros
Por Daniel Nijensohn

Fui el DJ desde la apertura hasta 1989. Cemento rompió con la idea de la boite, que era un lugar pequeño y “fino” que “seleccionaba” a su público. El público de Cemento se iba transformando. Ahí vi aparecer a los primeros darks y a los primeros peinados raros, sobre todo pelos largos y pelos parados… y cuando me quise acordar, mis pelos estaban parados también. Había negociaciones: Chabán me pedía pasar hits radiales y yo iba colando música nueva que empezaba a surgir, como Bauhaus, Joy Division. Pronto Chabán se enganchaba y empezaba a bailar esos temas como loco, tenía una forma de moverse muy expresiva. Si empezaba a bailar, te tenías que correr.

Los años locas
Por Fernando Noy

La inauguración de Cemento fue una fecha fundamental para el under. Veníamos de un templo, el Parakultural, pero con Cemento inaugurábamos la catedral del under. La noche transcurría en un vaivén de uno a otro. Y Cemento fue nuestra gloria, nuestro Madison Square Garden, nuestro santuario pagano. Allí el puterío, los trolos de la época, bailábamos felices entre nosotros y con otros. Cemento fue un esplendor en la oscuridad que no se va a apagar nunca a pesar de la posterior desgracia de Chabán. Fue una plataforma de propulsión para grandes figuras como los Redonditos de Ricota, SUMO, La Organización Negra. La propia Kajta/Katuiska era quien insistía para que se hicieran fiestas además de espectáculos. Empecé ahí con la banda AndroRock, que fue el primer espectáculo específicamente gay de Cemento. Salía con tres trajes distintos diseñados por Roly VonVón. Uno era un traje punk alucinógeno futurista, otro estilo tanguero y el último era una elegía clásica eterna: recitaba poemas con una enorme túnica de metros y metros, hecha con un rollo de tul infinito que Batato había encontrado en un basurero. Batato me hacía las cortinas entre número y número para que yo me pudiera cambiar de atuendo, entonces entretenía al público cantando horrorosamente mal a propósito dos o tres temas de María Elena Walsh, quien también se reía como loca cuando le hacía ese número especialmente para ella.

La gran intervención
Por Roberto Jacoby

Para los grupos de jóvenes que hasta el momento no tenían mucha historia Cemento fue el lugar clave, era donde tenías que estar para ser visto. La figura de Chabán fue central. Él es quien introduce las más varias experiencias en todas las artes. Si hacés la cuenta de quienes pasaron por ahí, ves que después terminaron siendo totalmente significativos cada uno en su escena. Chabán era un monje aséptico. No fumaba, no tomaba, era heterosexual y al mismo tiempo todo le parecía interesante, válido para experimentar. Una de las últimas cosas que hizo fueron una serie de obras a la que el público debía ir desnudo mientras los actores permanecían vestidos. Te daban una bolsa y metías tu ropa y te quedabas en pelotas. Es decir, todo lo contrario de lo que hacían las obras que querían ser rupturistas. Había inventado el quiebre al revés. Los martes, Omar y yo junto a un elenco improbable hacíamos Shakespeare. Lo hacíamos sin leer, ni ensayar nada. A veces de público teníamos una sola persona, otras veces trescientas. Era muy variado. Mucho después Omar colaboró conmigo en Proyecto Venus, en 2002. Era una sociedad con su propio dinero, una moneda Venus, una moneda del deseo. Nos prestó unos locales para que fueran la central del proyecto. Se prendía muy fácilmente. Era fundamentalmente un intervencionista. Uno de sus espacios de intervención preferidos eran las conferencias. Iba a la conferencia que hubiera esa tarde en la ciudad. Al final interrumpía, se levantaba y actuaba su completo desacuerdo con todo lo que hubiera dicho el conferencista. Generaba un efecto explosivo, desarticulador: “todo lo que acabás de decir no es así”. Incluso lo hacía en conferencias mías. Se dice que era avaro, pero yo recuerdo que no le interesaba el dinero. Siempre con la misma ropa, comía siempre en el mismo lugar, sin grandes ambiciones monetarias. Sí intentaba que sus proyectos no le generen pérdida, porque si no, no le iban a durar. De Cemento todos decían que era el gran negocio. Nada que ver. Alquilaba el terreno y sobre ese terreno alquilado construyó el galpón. Muy mala idea, no suena muy a un hombre de negocios. Incluso durante largos períodos Cemento permanecía cerrado y él seguía pagando el alquiler. Cemento tuvo mucho desenfreno punk. Se hacía pogo, stage diving, que era subirse al escenario y tirarse sobre el público. Hubo un chico que murió haciendo eso. ¿Y a eso cómo lo parás? Solamente poniendo a un policía al lado de cada persona.
Todo el mundo recuerda que los baños eran inmundos. Era apropósito. Respondía a una muy interesante teoría del marketing. El decía que los chicos que iban, en su gran mayoría de clase media, querían algo diferente a sus propias casas, algo consecuente con la ideología del aguante. Y lo más parecido al aguante era la cárcel. Entendía que ahí había un deseo de ruina, ya que para estar seguros y confrontables mejor se hubieran quedado en la casa con los padres, pero, justamente, de ahí estaban huyendo. A Chabán lo queer lo tenía sin cuidado, porque él era queer. No se parecía a nadie, no tenía modelo. En cambio toda esa gente que iba a Cemento vestida de punk no era queer. Seguían una moda, y eso es lo menos queer que hay. Lo libertario de Cemento es que allí podías hacer cualquier cosa, ser lo quisieras. Nadie se iba a asustar ni a decirte nada. No había prohibición, no había trabas.

“Peleamos por el aborto legal hasta en los baños”
Por Pat Pietrafesa

Ahí estuvimos con She Devils en 2001 con el Festival Belladonna, que era un festival que veníamos haciendo desde 1998 y duró hasta 2007. Convocábamos mujeres rebeldes a que llevaran sus expresiones artísticas. No solo bandas sino también, algo que para la época no era común, puestos de comida, ropa, una vidente que te leía las manos, todo lo que te puedas imaginar.
Recuerdo como hito importantísimo la presentación del disco que hicimos con Fun People: El aborto ilegal asesina mi libertad, que salió en 1998. Nos sorprendió a nosotros mismos el modo en el que Cemento explotó esa noche: más de dos mil personas. Fue la primera vez, que yo recuerde, que en un disco se hablaba del tema del aborto tan directamente. Además, el disco traía un montón de información. Nuestro pedido urgente era la despenalización. Y aunque en el ambiente de Cemento había mucha gente con consciencia sobre el tema también nos encontramos con que había otra que no. Hubo intentos de saboteo. Fue una movida impresionante, con gente que traía sus propios flyers a favor del tema y otros en contra. Esa noche fue una discusión masiva e imparable, peleamos la despenalización de aborto en el escenario, en el backstage, hasta en los baños.

Como en casa
Por Lisa Kerner

No puedo decir que Casa Brandon sea una sucesora directa de Cemento. Sí digo que se puede pensar en algunos puntos de contacto: una identidad muy fuerte, una propuesta de apostar a lo nuevo, motorizar lo nuevo. Es imposible despegar Cemento de la figura de Chabán y la presencia que tenía en todas las instancias, llevaba adelante su gestión en todo el proceso, me lo imagino probando el sonido y de ahí a cobrar la entrada. A mí también me pueden encontrar en la puerta de la Casita. La Casita no es un lugar anónimo. Tenemos mucha presencia en todo el proceso: desde contestar los mails, actualizar la página, ver todo el material y estar ahí. Hay que ver si eso es una virtud o una dificultad. La Casita es, como fue Cemento, un lugar de un fuerte sentido de pertenencia. Yo iba a Cemento sin saber siquiera quién tocaba.La democracia era jovencísima y había mucha necesidad de reconocerse entre pares. La Casita como espacio lgbt también funciona como lugar de reconocimiento desde que abrimos, en 2005. Por supuesto que hay cosas de Cemento que nunca repetiría: el sonido malísimo, no tendría olor a meo en los baños. Cosas que tienen que ver con cuidar a la gente. El cuidado de ese que viene a pasar un buen momento y confía. La Casita surgió un poco por necesidad. Después de Cromañón ya no existían más lugares bailables para doscientas o trescientas personas que también tuvieran un segundo espacio más tranquilo para hablar. Es muy difícil que habiliten algo así. También hay otra diferencia grande entre Cemento y la Casita: antes otros espacios eran vistos como “la competencia”. Para nosotras los otros espacios son aliados. Tal vez por las redes sociales, tal vez porque son otros tiempos y hay necesidad de agruparse para pelear juntos.

La fiesta hoy: consumo responsable
Por Andrés Schteingart*

El consumo de sustancias psicoactivas existe asociado a las artes desde tiempos inmemoriales. Las distintas culturas han consumido drogas con el fin de lograr mayores energías creativas, fomentar lazos y generar mayor comunión entre las personas. La necesidad de generar estados alterados (expandidos) de conciencia surge como una necesidad humana y ha ido cambiando a lo largo de la historia. En la microcultura que nos toca abordar, aquella corriente alternativa que va desde los 80 hasta la actualidad y que reúne a poetas, músicos y artistas, no ha quedado fuera. Desde el alcohol a la marihuana, de la cocaína al éxtasis, del LSD a los alucinógenos naturales, todo ha circulado por el cemento de la ciudad. Largas noches de desenfreno y felicidad al compás de una cultura emergente y pujante han rendido sus frutos, muchas veces endulzados por sustancias. Otros personajes han sido víctimas de los excesos. Alcohólicos cirróticos y desvanecidos con arranques de violencia, locuaces poetas abúlicos consumidores de marihuana, rockeros re-tirados en una isla del tigre para escapar de la cocaína, y jóvenes primerizos explotados por la energía frenética de las metanfetaminas. Vaya a saber por qué, algunos la pilotearon mejor que otros. Como daños asociados y dentro de estas subculturas irrumpe en los 80 el virus del VIH dejando a algunos genios en el camino como Federico Moura, Miguel Abuelo o Alejandro Kuropatwa.
Tanto para los experimentadores como para los adictos perdidos, desde fines de los 90 surgen algunas acciones (puntuales y no sistemáticas) de reducción de daños en usuarios de drogas. En un principio, dirigidos a poblaciones vulnerables que hacían uso endovenoso de cocaína mediante la repartición de jeringas para evitar el contagio del VIH. Y a principios del año 2000, se importan algunos modelos de reducción de daños en escenarios nocturnos ya dirigiéndose a una población general y consumidores recreativos y ocasionales. Las mismas consistían en repartir volantes informativos con asistencia de promotores en terreno, dando información sobre las diferentes sustancias, aconsejando no realizar mezclas, no compartir canutos en el caso de la cocaína, tener cuidados con las tucas de la marihuana, tomar abundante agua y darse tiempo para descansar con éxtasis, desaconsejar el consumo de ketamina o alertar acerca de malos viajes y combinaciones con otros fármacos. Si bien, desde un punto de vista salugénico, los modelos tradicionales apuntaron a vivir sin drogas, para evitar los riesgos asociados a su consumo (accidentes, trastornos psiquiátricos, dependencia, enfermedades de transmisión sexual) los seres humanos no nos caracterizamos por hacer todo bien y hacer una vida completamente sana. Bienaventurados los que sí, pero la pregunta es qué se hace con los que no. La reducción de daños implica una posición ética en relación al usuario, sin demonizarlo, criticarlo u obligarlo a que deje de consumir. Se acerca de un modo más empático, ofreciendo estrategias pragmáticas como mínimo y hasta una puerta de acceso a una psicoterapia orientada a moderar el síntoma o la abstinencia como último recurso. Se apunta, entonces, a un consumo responsable, fruto de una decisión personal, madurada, basada en el conocimiento y valoración de los posibles placeres y riesgos asociados a la conducta de tomar drogas. A una formación básica sobre las posibles consecuencias positivas y negativas, a lograr cierta autonomía para tomar decisiones individuales, a pensar, imaginar y planificar como será el consumo (cantidad, frecuencia, duración) o tener cierto nivel de autorregistro.
La reducción de daños y el consumo responsable no son para todos así como la abstinencia tampoco lo es.
*Músico y psiquiatra. Trabaja en el Hospital de Emergencias Psiquiatras Torcuato de Alvear, lleva a cabo proyectos como El Remolón o Tropikal Ravers y conduce el sello Fertil Discos.